Pueblos
Las personas diseñamos los proyectos para cumplirlos cuanto antes aunque, en materia de viajes, no siempre es posible. Sin embargo, cuando por fin se dan los pasos para hacer realidad esos anhelos, todo es una fiesta. Así fue nuestro primer viaje a España.
Un tren Alvia nos llevó a buena velocidad desde San Sebastián hasta la estación de León, cuidada y silenciosa a esa hora después del mediodía. Al final del andén nos esperaban tres encantadoras mujeres que en ese preciso momento dejaron de ser amigas virtuales. Un ramo de preciosas rosas rojas –algunas de las cuales todavía conservo –risas, comentarios y cumplidos sellaron la amistad.
Al día siguiente todos, mujeres y maridos, fuimos a los pueblos. A aquellas aldeas que habían albergado los pasos de esa parte de mi familia que viajaron a la joven América en busca de algo tan ideal como es la felicidad, que para ellos era sinónimo de progreso. Primero fue Portilla de Luna, donde nacieron mi padre y los suyos. Pequeño, íntimo –casi –es la puerta de entrada a la montaña leonesa. Alzando la vista se ve la peña Portilla que domina el pueblo, ese día enmarcada por un cielo absolutamente azul. Recorrer las calles, subir hasta la puerta de la iglesia de Nuestra Señora del
Rosario, caminar sin prisas y preguntarme qué habrá sido de la casa donde mi padre nació después de la Navidad cuando el siglo XX comenzó su andadura, solo queda una pequeña extensión que los vecinos llaman “el prado Morán”, ver perales, cerezos y nogales en la calle cargados de frutos, probar las cerezas de monte…todo ello enciende el alma de agradecimiento hacia las personas que nos acompañaron en la aventura de viajar al pasado. Conmueve profundamente recorrer los lugares donde transcurrió la vida de quienes nos antecedieron, esas personas que no conocimos, con quienes compartimos el libro de la vida.
En la aldea silenciosa solo se oía cómo caía el agua en una fuente, era el caño donde todas las mujeres del pueblo desde siempre han ido a recoger el agua que llevaban a sus casas en pesados botijos. Uno de nuestros amigos me instó a cerrar los ojos e imaginar a mi abuela al pie de la fuente y aunque no conocí su rostro, allí estaba ella…
Fue la última imagen que guardo del pueblo abrazado por montañas, punto de partida de la ruta de senderismo de los Cuatro Valles. Allí mismo, a pocos kilómetros, en Los Barrios de Luna, esperaba “El Ventorrillo”, un bar y restaurante ubicado en la carretera nueva. La cocina rural leonesa reina en los fogones y a la sombra de los árboles se tendieron las mesas que pronto se llenaron con cecina (es carne de vacuno curada), pan recién horneado para untarlo con morcilla, bocatas con chorizo y queso de cabra, tortilla guisada, caldereta de cordero y fresco vino tempranillo. Después de la sobremesa subimos al mirador del pantano de los Barrios de Luna. Julio Llamazares, en su novela “Distintas formas de mirar el agua” relata la vida de un pueblo y su gente después de haber sido inundado para dar paso a una presa como esta y no pude separar esa lectura de la vista del pantano de los Barrios, obra de alta ingeniería que regula las aguas del río Luna y genera energía eléctrica para la comarca.
El paisaje es impresionante.
De regreso en la carretera, llegamos a Valdesamario, otro pequeño y acogedor pueblo, prolijo y lleno de flores en las puertas y ventanas de las casas, donde nació mi abuelo materno. Los vecinos se mostraron generosos a la hora de responder a nuestras preguntas –éramos un puñado de visitantes que interrumpimos el silencio de la tarde –pero ya no quedaba allí ningún vestigio de la familia de Herminio Diez. Él abandonó su aldea natal para viajar a la República Argentina y no regresar jamás en un momento de la vida española a principios del siglo XX cuando los jóvenes debían obligatoriamente sumarse al ejército, salvo que su familia pudiera pagar para evitarlo.
Ya nadie recuerda esas historias y la gente vive apaciblemente en lo que ahora se denomina “la España vaciada”. La historia es cíclica, como sabemos.
Mi abuela materna, Joaquina, nombraba a las cigüeñas, las aves zancudas de blanco y negro plumaje y poderoso pico, como un modo de no olvidar a su pueblo, el que dejó cuando era demasiado joven para nostalgias. En la región leonesa española se concentra la gran mayoría de los ejemplares de cigüeñas que habitan en la península y Joaquina nació en un lugar donde año tras año, cuando acaba el invierno, ellas regresan a ocupar sus antiguos nidos. Esto es en Cimanes del Tejar. Allí llegamos al final de la tarde y lo primero que vimos al ingresar desde la carretera fueron las cigüeñas en sus nidos en la espadaña de la iglesia de San Andrés. No bien nos vieron comenzó el alboroto, listas para defender su territorio haciendo castañetear sus picos y abriendo las alas ante nosotros, intrusos que solo queríamos fotografiarlas.
Esta ciudad de setecientos habitantes tiene en su entorno importantes plantaciones de lúpulo que hacen a su vida productiva, aunque los cimanenses tienen otros bienes inmateriales: una bonita playa sobre el río Órbigo con modernas instalaciones, la fiesta callejera del “antruejo” en carnaval donde se baila al ritmo de la pandereta, el tamboril y la dulzaina, y la gente a la que llaman “reposteros” que borda maravillas con una antigua técnica. Todo esto fue relatado por personas del lugar que, como siempre sucede cuando se llega de lejos queriendo saber sobre el terruño –o la tierrina como le suelen decir -, conversan con ganas sobre las bondades de su pueblo.
Al dejar atrás Cimanes del Tejar vino a mi memoria, plena de evocaciones y ternuras, una tonada infantil que mi abuela Joaquina cantaba cuando yo era una niña: “Doña cigüeña/pico colorado/una patita se ha quebrado/ por eso camina con mucho cuidado/con un pie en el suelo/y el otro levantado”.
Siendo ya noche cerrada volvimos al hotel en el centro de León, mientras hacíamos planes para el día siguiente, sin saber –cómo saberlo –que ese día nos traería la noticia de la muerte repentina de la madre de una de nuestras amigas leonesas, con quien habíamos compartido animada charla en su casa antes de partir para los pueblos…